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El sentido de la vida en el adolescente

León, Gto. 6 de enero del 2019.


Recuerdo una clase durante mis días de preparatoria cuando mi querida maestra Dina nos habló sobre una moneda rarísima, tan rara que podría ser considerada el santo grial de los aficionados a la numismática. La pieza era una moneda acuñada a principios del siglo pasado, cuya principal y más representativa característica era que tenía grabada la leyenda “muera Huerta”.  Nos habló de lo difícil que era encontrarla y lo elevado de su costo, incluso llegó a  decir que tener una moneda de esas era “ganarse la lotería”. Mi sorpresa vendría cuando, más de diez años después, en una revisión al portal virtual de la tienda de antigüedades más famosa de mi tierra, me encontré con la afamada moneda. El asombro de tan peculiar experiencia, solo se vio rebasado por los resultados de una búsqueda rápida en Internet que realicé justo después por pura curiosidad. Cientos de portales web ofrecían la moneda a distintos costos, en diversas condiciones y en diferentes lugares del país y el mundo. La moneda se encontraba a un clic y un par de días de distancia. Ya no era un santo grial, ni el ansiado premio de lotería del que me hablaba mi maestra (esto considerando que la encontré ofertada en $ 6,000), encontrarla ya no era tan difícil.

En nuestra época no existe objeto lo suficientemente raro como para no encontrarlo en internet, ni tan distante como para que alguna empresa de paquetería exprés sea incapaz de hacerlo llegar a las puertas de nuestra casa. Soy el primero en aplaudir y festejar estos avances de la tecnología y la interconexión global; el único riesgo es que se ha generado la idea de que cualquier respuesta sea así de fácil de contestar.

En una era en la cual cualquiera de nosotros tiene acceso a una cantidad ingente de información, la mayoría de las respuestas a las grandes preguntas llamadas vulgarmente “existenciales” no se “encuentran”, se construyen. Por ejemplo, cualquier joven osa decir que está dispuesto a embarcarse en una búsqueda sin cuartel por el amor de su vida, ese amor del que le hablaron en los cuentos, que durará hasta su vejez y solo la muerte separa. Algunos otros, ya más cansados por la búsqueda o poco motivados a iniciarla, han optado por “esperar a que llegue el amor de sus vidas”. La realidad es que ambos se han enfrascado en una empresa sin futuro y condenada al fracaso, pues eso que suele llamarse “el amor de la vida” no es otra cosa que un proyecto conyugal que se construye con otra persona fundamentada en poderosas convicciones que les unen sobre cualquier adversidad, sentimiento, dolor o beneficio. Todos desean encontrar eso en su vida, pocos están dispuestos a construirlo.

La deserción escolar, los altos índices de divorcios, incluso la alta tasa de suicidios en adolescentes podrían deberse a que nuestros jóvenes se han dedicado a buscar algo que es imposible localizar. Quieren encontrar una universidad que les guste, una pareja que les ame y “algo” que le dé valor a su existencia, pero no se les ha dicho que la respuesta está en construir una carrera profesional, un proyecto conyugal y un sentido de vida. Dicho de otro modo: no existe un sentido de vida predeterminado para nadie, ni una vocación instalada desde el principio de los tiempos en nuestra mente que se pueda rastrear por medio de un test, ni una persona destinada a pasar el resto de la vida con nosotros. Todas estas cuestiones deben ser construidas por nosotros, sujetos que podemos operar con eficacia en nuestro mundo, transformando algunas cosas y permitiendo que otras nos transformen.

No existe como tal «un sentido de la vida» predeterminado para todos nosotros; realmente no venimos a cumplir una misión; lo que existe, es la posibilidad de construir nuestro propio sentido de vida y así, construir nuestra misión en el presente. ¿Debería el adolescente sentir angustia alguna por carecer su vida de sentido? En lo absoluto. No dejemos que el desasosiego se apodere de los tiernos corazones de nuestros jóvenes que no encuentran sentido en su vida, en su lugar, expongámosles a los incontables futuros que ellos pueden construir desde su presente.